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    La ilusión de la propiedad (y su importancia en el trabajo creativo)


    Ningún oso necesita una escritura que lo convierta en el legítimo dueño de su cueva. Tampoco un documento que valide que es suyo el salmón que pescó en el río, y más vale que nadie intente quitárselo.

    Es suyo. Y lo es, porque el oso lo cree, y porque los otros animales lo aceptan. Pero, ¿de dónde viene la experiencia de posesión, y por qué es relevante para lo que hacemos?

    Nuestros ancestros, igual que el oso, eran ‘dueños’ de la manzana que bajaban del árbol, de los instrumentos que fabricaban, y de las pieles que curtían para vestirse. Y es que buena parte de la posesión, o el sentimiento que da lugar a la propiedad, se genera cuando creamos algo, o aportamos algo de nosotros para conseguirlo. Es interesante pensar, por otro lado, que tener algo implica siempre que alguien más no lo tiene. Por eso, igual que con la riqueza, la pertenencia sólo puede existir en sociedad—o con una contraparte que le otorgue sentido.

    Jean-Paul Sartre, filósofo francés, decía que las personas entendemos nuestra identidad a través de lo que tenemos; nuestras habilidades, amistades, experiencias y nuestros bienes físicos, entre otras cosas, crean nuestro concepto del ‘yo-extendido’. Esto explica un poco por qué en rituales de brujería se utilizan pertenencias de las personas a conjurar, o que los objetos que alguna vez fueron propiedad de alguna celebridad, se venden en subastas en millones de dólares. De todo esto, el punto es que, a veces cuesta trabajo dejar ir: podríamos estar mutilando al ego.

    Karl Marx, por su parte, decía que lo más importante no era tener, sino hacer, y que el trabajo y los resultados del mismo explican quiénes somos. Muy en línea con el ejemplo del oso, después de transpirar para conseguir algo, pareciera muy natural nuestro derecho de acceder al fruto obtenido, ¿o no?

    El célebre psicoanalista y humanista, Erich Fromm, desde su trinchera, argumentaba que no se trata de tener ni de hacer, sino de ‘ser’, y con esto, él se refería a compartir recursos, creencias y valores con otros, tener amistades significativas, colaborar, y ayudar a los demás, entre otras cosas de esa naturaleza.

    Lo interesante es que, aunque todos ellos tenían un punto de vista diferente del origen de la identidad, los tres estaban de acuerdo en que ser, hacer y tener, estaban íntimamente relacionados con explicar la concepción de la identidad, y la relevancia de la propiedad para entenderla. En otras palabras: tienen razón los tres. Esto es: el trabajo origina posesión, y la posesión genera identidad; la colaboración y el sentido de propósito crean un sentido de identidad…lo cuál se convierte en una especie de posesión (de acuerdo a esta perspectiva teoría: yo=mío).

    A estas alturas, probablemente se pregunten: ¿Qué tiene que ver todo esto con creatividad? Yo diría que demasiado. Tiene que ver con la cultura necesaria para que la creatividad sea una realidad. “Mi idea”, “mi cliente”, y “mi experiencia”, son todas ilusiones bien intencionadas que pueden estorbar cuando llega el momento de hacer equipo.

    Como conclusiones accionables, ¿qué se debe hacer desde el liderazgo para incidir en una cultura de creatividad y colaboración? Tomando prestado de estos tres pensadores:

     

    1. Libertad de hacer: Dar a las personas suficiente autonomía para que sientan que hacen aportaciones valiosas. Si la gente tiene control de su resultado, si es tomada en cuenta, y si percibe que hace una diferencia, habrá una ‘inversión’ de la persona en su trabajo, al grado de considerarlo propio. Esto mejora la calidad del trabajo, pero puede ser peligroso (“es mi idea”) si no se equilibra con la parte del ‘ser’, que es el componente colectivo (explicado en el siguiente punto).

     

    1. Ser parte de algo más grande: es altamente recomendable crear una narrativa cultural muy clara y expresamente articulada, para externar rotundamente un sentido de propósito y los valores fundamentales de una organización. Así, al colaborar y compartir, se generará un sentimiento de pertenencia colectivo, dadas las metas comunes. En tal caso, de pronto, ‘mi idea’ puede convertirse en ‘nuestra idea’, y la identidad grupal, y su sentido de pertenencia, darán lugar a un ambiente de colaboración con alto engagement.

      Nueva llamada a la acción